
Cualquiera de las personas que hayan trabajado en estrecha (o ancha) relación con profesionales de la publicidad y el diseño gráfico, terminan convencidos de haber tratado con gente inadaptada, toca-narices, engreída, “rarita” o, en resumen, muy necesitada de “que la pongan en su sitio de un par de hostias”.
Haciendo uso de cierta empatía que aun me va quedando, puedo comprender e incluso, en cierto modo, compartir ese razonamiento basado en la experiencia. Pero este blog que hoy he encontrado casualmente puede ayudarme a exponerles también las razones (fundamentadas aquí por cientos de “experiencias”) para no pensar eso. O al menos para que no terminen generalizando.
El diseño gráfico es una disciplina cuyos fundamentos son desconocidos incluso para bastantes personas que ejercen como tales. Para muchos, el “corpus científico” de esta profesión está integrado unicamente por “El libro de los gustos” (ese que nunca se escribió). Con lo cual, con un cursillo de fotochós y dringüive cualquiera está en condiciones de decir:
“A mí me gusta mucho esa fuente `Nirvana`…”
(Anunciante, refiriéndose a la tipografía Verdana)
o bien:
“Me parece que ese negro está muy oscuro”
(Cliente, en junta con diseñador y redactor)
Es esta por tanto una profesión donde quien la ejerce se ve obligado a elegir entre:
1. Asumir que cualquier cliente sabe tanto de la Gestalt, de la percepción visual, de composición, de color, de tipografía, de preimpresión o de elaboración de artes finales (entre otras cosas) como él mismo. Y que si cuentan con los servicios de uno es únicamente por hacernos un favor y “porque todo el mundo tiene que comer”.
2. Perder al cliente.
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