Los antitaurinos, esos intolerantes antiespañoles de Cataluña

6 Toros 6

Está teniendo lugar estos días en Cataluña un importante debate que atañe a la continuidad de las corridas de toros. El ámbito en el cual se cuestiona dicha continuidad se reduce a Cataluña, pero sería un importante hito y un gigantesco paso que, quizás en poco tiempo, podría conducir al resto de España a despojarse de este triste espectáculo para satisfacción, sin ir más lejos, de quien esto firma.

Como ocurre a menudo hoy, el debate cultural ha sido usurpado por aquellos que son incapaces de hablar sin hacerlo desde el prisma político. El caso es que, según un gran número de intelectuales y periodistas (no ya solo de pluma conservadora y engominada como cabría esperar, sino también de cuño progresista y “sensible”) todos los antitaurinos no somos más que nacionalistas catalanes y antiespañoles.

Arrogándose el papel de serenos y pacíficos demócratas nos dicen desde la radio y desde la prensa: “esto es como el fútbol, o la ópera. Al que no le guste que no vaya, pero… ¿prohibir? Prohibir está feo. Libertad, señores, sin ira, libertad”. Y se quedan tan anchos.

Algunos aun se ensanchan más hablándonos de Picasso, o de Hemingway. Y no se dan cuenta de que el arte nunca tuvo la obligación de legitimar aquello en lo que se inspira. Pues de ser así, habría que recordar a Francisco de Goya, por poner un ejemplo, como un sádico de marca mayor.

El caso es que se pretende dar a la opinión pública la imagen de que el antitaurino es un fanático intolerante, el cual, si no le gustara el fútbol, se manifestaría del mismo modo en pos de su prohibición.  Alguien capaz incluso de incendiar de nuevo el Liceo de Barcelona con tal de que la gente no pudiese disfrutar de La Traviata si se diera el caso de que tampoco le gustase la ópera.

La triste diferencia, lo que convierte al abolicionista en un energúmeno, antidemócrata, impositor, exaltado y , al parecer ahora también, catalanista y antiespañol, es que clama en contra del sufrimiento injustificado y prolongado de un animal de 500 kgs. clasificado por la zoología dentro del mismo orden que el ser humano. El acoso, escarnio, tormento y final que el animal padece, no tiene reflejo, afortunadamente, ni en la ópera, ni en el fútbol, ni en el teatro. Por eso a los antitaurinos nos importa un carajo quien vaya al fútbol o a la ópera, pero exigimos que no haya toros a los que ir. Que las televisiones públicas no retransmitan tales eventos y que, faltaría más, no se financien con un solo euro de dinero público.

Apelar a la libertad o a la tradición es absurdo cuando se trata de justificar la tortura y el tormento al que deliberadamente se somete a este animal, convirtiendo todo ello en espectáculo de masas. Argumentar que el animal disfruta de una vida envidiable antes del fatídico día en que salta al coso, o que su raza desaparecería con la fiesta también lo es. Lo primero porque “lo que mal acaba” no está bien. El refrán es al revés. Lo segundo caiga sobre la conciencia de aquellos taurinos que dicen amar a este animal. Pues para mi la extinción de una raza producto de la selección artificial es preferible si su único objeto es ser atormentado sistemáticamente y dejar constancia de la crueldad de la que podemos llegar a hacer gala los seres humanos. Quizá no lo sea tanto por el sufrimiento del animal, como por el efecto que produce en la educación ambiental de la sociedad el hecho de que estos animales puedan ser tratados de esta forma para diversión de las personas. Revelándose como pueriles todos los argumentos en favor de esta tortura, ha resultado providencial para muchos la idea de poder identificar la lucha antitaurina con el nacionalismo catalán. Así se aseguran que una ciudadanía indiferente ante un debate hasta ahora social y cultural, se levante en contra de los catalanes ahora que este es pretendidamente político.

También cuestionan que se ataque a la “fiesta nacional” y no se hable de los “correbous”.  Evidentemente,  hay más manifestaciones de brutalidad contra los animales, incluso en la Comunidad Autónoma de Cataluña. El catetismo y la mala leche no tienen denominación de origen. Pero la posibilidad de poder herir de muerte aquella hasta hoy intocable y extendida en todo el territorio español, no puede eludirse. Máxime, cuando a la postre conseguiría que las demás, de localización más concreta y singular, no tuvieran sostén ni referente justificador alguno.

A mi también me parecería más tolerante y menos restrictivo esperar a que desaparecieran solas. Pero eso no es viable, por tanto sufrimiento animal que habría que seguir justificando con argumentos torpes o simplemente obviándolos y haciendo la vista gorda ante ellos sin saber además durante cuanto tiempo. No es algo que nos podamos permitir los que queremos a los animales y deseamos además educar a nuestros hijos en ese mismo amor. Ni pensamos que sea algo que pueda permitirse una sociedad que se pretende civilizada.

Está teniendo lugar estos días en Cataluña un debate bastante importante que atañe a la continuidad de las corridas de toros. El ámbito en el cual dicha continuidad es cuestionada se reduce a Cataluña, pero sería un importante hito y un gigantesco paso que, quizás en poco tiempo, podría conducir al resto de España a despojarse de este triste espectáculo para satisfacción, sin ir más lejos, de quien esto firma.

Como ocurre a menudo en estos tiempos, el debate cultural ha sido usurpado por aquellos que son incapaces de concebir nada sin hacerlo desde el prisma político. El caso es que, según un gran número de intelectuales y periodistas (no ya solo de pluma conservadora y engominada como cabría esperar, sino también de cuño progresista y “sensible”) todos los antitaurinos no somos más que nacionalistas catalanes y antiespañoles.

Arrogándose el papel de serenos y pacíficos demócratas nos dicen desde la radio y desde la prensa: “esto es como el fútbol, o la ópera. Al que no le guste que no vaya, pero… ¿prohibir? Prohibir está feo. Libertad, señores, sin ira, libertad”. Y se quedan tan anchos.

Algunos aun ensanchan más hablándonos de Picasso, o de Hemingway. Y no se dan cuenta de que el arte nunca tuvo la obligación de legitimar aquello en lo que se inspira. Pues de ser así, habría que recordar a Francisco de Goya, por poner un ejemplo, como un sádico de marca mayor.

El caso es que se pretende dar la imagen a la opinión pública de que el antitaurino es un fanático intolerante quien, si no le gustara el fútbol, se manifestaría del mismo modo en pos de su prohibición, o incluso sería capaz de incendiar de nuevo el Liceo de Barcelona con tal de que la gente no pudiese disfrutar de la opera en el caso de que él también la denostase.

La triste diferencia que, de todas formas, convierte al abolicionista en un energúmeno, antidemócrata, impositor, exaltado y , al parecer ahora también, catalanista y antiespañol, es que clama en contra del sufrimiento injustificado y prolongado de un animal de 500 kgs. clasificado por la zoología dentro del mismo orden que el ser humano. El acoso, escarnio, tormento y final que el animal padece, no tiene reflejo, afortunadamente, ni en la ópera, ni en el fútbol, ni en el teatro. Por eso a los antitaurinos nos importa un carajo quien vaya al fútbol, pero exigimos que no haya toros a los que ir. Que las televisiones públicas no retransmitan tales eventos y que, faltaría más, no se financien con un solo euro de dinero público.

Apelar a la libertad o a la tradición es absurdo cuando se trata de justificar la tortura y el tormento al que deliberadamente se somete a este animal, convirtiendo todo ello en espectáculo de masas. Argumentar que el animal disfruta de una vida envidiable antes del fatídico día en que salta al coso, o que su raza desaparecería con la fiesta también lo es. Lo primero porque “lo que mal acaba” no está bien. El refrán es al revés. Lo segundo caiga sobre la conciencia de aquellos taurinos que dicen amar a este animal. Pues para mi la extinción de una raza producto de la selección artificial es preferible a su tormento sistemático. Y quizá no lo sea tanto por el sufrimiento de esta misma, como por el efecto que produce en la educación ambiental de la sociedad el hecho de que estos animales puedan ser tratados de esta forma para diversión de las personas.

Evidentemente, somos conscientes de que hay más manifestaciones de brutalidad animal, incluso en la Comunidad Autónoma de Cataluña. Pero ante la posibilidad de apuntillar aquella que es intocable y común a todo el territorio, es más que previsible que las demás caigan fácilmente después de hacerlo esta.

A mi también me parecería más tolerante y menos restrictivo esperar a que desaparecieran solas. Pero eso no es viable, por tanto sufrimiento animal que habría que seguir justificando con argumentos torpes o simplemente obviándolos y haciendo la vista gorda ante ellos. No es algo que nos podamos permitir los que queremos a los animales y deseamos además educar a nuestros hijos en ese mismo amor. Ni pensamos que sea algo que pueda permitirse una sociedad que se pretende civilizada.

Deja un comentario